LENGUAJE POPULAR Y LITERATURA NACIONAL EN LA ARGENTINA DE 1920/1930

 

Roberto Retamoso – Universidad Nacional de Rosario

 

 

Una dialéctica característica: voces extranjeras y nacionalismo cultural

 

Como consecuencia de una política de inmigración concebida por los dirigentes que sentaron las bases para la organización institucional de la República Argentina en el siglo XIX, entre las últimas décadas de ese siglo y las primeras del siglo XX dicho país recibió un flujo inmigratorio de gran magnitud, originado globalmente en Europa y de modo particular en Italia. La inserción de esas multitudes de inmigrantes en la sociedad argentina de la época representó un proceso conflictivo, caracterizado por la diversidad de las respuestas -ya sea en el sentido de su asimilación como de su rechazo- que esa sociedad iba generando ante la presencia cada vez más voluminosa de la inmigración europea.

Desde el punto de vista cultural, como consecuencia de ese proceso inmigratorio se configuró una cultura popular verdaderamente babélica, donde las voces extranjeras se mostraban como un registro constitutivo que la convertía en una cultura políglota o heteroglósica. Frente a ello, las clases dirigentes y sobre todo sus agentes culturales reaccionaron tempranamente, promoviendo un nacionalismo cultural y literario que hallaría su momento de inflexión mayor en ocasión de cumplirse el Centenario de la Revolución de Mayo de 1810, concebida por la historiografía oficial como la instancia del nacimiento mismo de la Nación Argentina.

De ese modo, los años subsiguientes al Centenario son años de exaltación de los valores del nacionalismo cultural, durante los cuales conspicuos intelectuales de la cultura oficial como Leopoldo Lugones o Ricardo Rojas producen la canonización del Martín Fierro de José Hernández, un extenso poema popular compuesto hacia 1872 a la manera del habla de los gauchos del siglo XIX, al cual Lugones reinterpretó en términos de un poema épico en el que podía reconocerse el origen y el fundamento de la literatura nacional de los argentinos. [1]

Si bien el Centenario se muestra como la instancia donde el programa del nacionalismo cultural se intensifica ostensiblemente, ello no es más que un momento dentro de un proceso que reconoce orígenes previos y se proyecta más allá de él. En tal sentido, puede decirse que dicho proceso, lejos de desplegarse como un movimiento homogéneo o uniforme, supone diversas tendencias o líneas de desarrollo, que lo llevan a oscilar entre posiciones absolutamente elitistas y posiciones populistas, más proclives a incorporar sujetos, prácticas y discursos de extracción popular. De todos modos, ese nacionalismo cultural siempre reconoció un denominador común, el de la mítica identidad de un ser nacional cuyas proteicas manifestaciones podían admitir esa diversidad de sustentos.

 

Jorge Luis Borges y la vindicación del “criollismo”

 

En el contexto de las posiciones nacionalistas en el campo cultural argentino durante ese período, uno de los autores que se destaca especialmente es Jorge Luis Borges. Como es sabido, después de cursar sus estudios de bachiller en Europa, Borges regresa a Buenos Aires a comienzos de los años veinte, para constituirse en uno de los referentes de la incipiente vanguardia literaria local. De ese modo, publica a lo largo de esa década libros de poesía y de ensayo, y participa de la edición de revistas literarias que difunden el discurso de la vanguardia, entre las que sobresale una revista denominada justamente Martín Fierro. Obviamente, la elección de ese nombre no es casual, en la medida en que revela la aspiración del grupo que editaba la revista de vincular la experiencia de la vanguardia con cierta tradición literaria y cultural de carácter nacional.

Por ello, se ha hablado a propósito de la práctica poética y cultural de ese grupo (en el que se destacaban, además del propio Borges, poetas como Oliverio Girondo o Leopoldo Marechal) de martinfierrismo, para señalar, con ese término, la naturaleza de una poética de vanguardia que, lejos de pensarse disociada respecto de las vertientes culturales y lingüísticas de la tradición nacional, se concibiera como una suerte de continuidad modernizante de la misma. Lo cual implicaba la necesidad de actualizar el discurso poético y la poética de la vanguardia local, pero utilizando un habla típicamente argentina, que se nutriera de las formas idionsicrásicas del habla criolla con que el español es modulado en el ámbito rural y urbano de la pampa argentina. En el caso de Borges, estos propósitos de carácter programático se manifestarían tanto en la escritura de sus textos poéticos como de sus textos ensayísticos.

En ese sentido, la vindicación que practica de un habla criolla resulta directamente proporcional respecto de la recusación del lenguaje de las clases populares, cuya configuración heterolingüística y ampliamente dialectal era ya un dato insoslayable de la realidad cultural argentina del momento. A ese lenguaje Borges lo denomina arrabalero, término que proviene de arrabal, esto es, los suburbios o zonas limítrofes de la ciudad. Pero en un texto como “El idioma de los argentinos”, Borges dirá que arrabalero supone un sentido más económico que geográfico, en la medida en que alude al lenguaje de las “clases pobres”. [2] Notablemente, cuando Borges intenta develar el origen de ese término, afirma que no es más que una derivación del lunfardo, esto es, una jerga o argot de tipo carcelario que originariamente hablaban los delincuentes de la época para protegerse de la escucha de las autoridades. De manera que Borges asocia el arrabalero con un habla carcelaria, delictiva, calificándolo como “infame jerigonza” o como la “fusión del habla porteña y de las heces transnochadas de ese cambiadizo lunfardo”, y por ello uno de esos ensayos lleva el elocuente título de “Invectiva contra el arrabalero”. [3] En ese texto, Borges, polemizando con quienes afirmaban las potencialiades poéticas y artísticas de esas formas del habla popular, reflexiona acerca del destino del arrabalero, preguntándose si será capaz de posibilitar la escritura de un poema épico o una novela que simbolice a la ciudad de Buenos Aires. Y a pesar de conceder por momentos esa posibilidad, el ensayo concluye manifestando su escepticismo al respecto, porque Borges sigue creyendo, aún en esas circunstancias, que una literatura capaz de poetizar a Buenos Aires solamente podría advenir como “una plena entonación argentina del castellano”.

De ese modo, el criollismo de Borges se distancia tanto de las formas dialectales del lenguaje popular como de las formas “necrológicas” que propugnan los defensores de la pureza del idioma castellano. Según él, “ambas divergen del idioma corriente”, puesto que los hombres rioplatenses hablan, tanto como son hablados, por “el no escrito idioma argentino”. Ese idioma es, para Borges, un auténtico tesoro oral, y verterlo en literatura es la esperanza -el tamaño de la esperanza- de su proyecto poético.

 

Raúl Scalabrini Ortiz o la exaltación del habla popular

 

El caso de Raúl Scalabrini Ortiz supone coincidencias tanto como notorias diferencias respecto de Jorge Luis Borges. Este autor, que hacia los años veinte practicó como tantos escritores argentinos la labor periodística, en 1931 publicó un ensayo que lograría un considerable éxito editorial: El hombre que está solo y espera. [4]

Dicho libro retomaba una serie de tópicos sostenidos por el nacionalismo cultural en aquellos años, entre los que se destacaba particularmente el de “el espíritu de la tierra” entendido como una manifestación anímica donde se revelaba la argentinidad. Ese espíritu, según el autor, sería lo que se manifiesta a través de la psicología del hombre medio de la ciudad de Buenos Aires, por lo que su postulación le permite interpretar de manera peculiar la presencia de los inmigrantes en la escena de la época. En su libro, Scalabrini Ortiz representa a los inmigrantes como “seres mezquinos, sensuales y procelosos”, a los que si bien les concede la paternidad biológica de sus vástagos nativos, les niega la progenitura espiritual o cultural, ya que esos vástagos son, según sus palabras, “hijos de la tierra”. De ahí que Scalabrini Ortiz se ocupe del porteño medio según una genealogía que remite a los ancestros nativos en la misma medida en que soslaya sus filiaciones étnicas.

Por otra parte, Scalabrini Ortiz denuncia lo que él entiende como un verdadero divorcio entre los escritores o los intelectuales y el pueblo, al afirmar que el pueblo no tiene una poesía que lo exprese. De manera que Scalabrini Ortiz sostiene un nacionalismo que se diferencia del nacionalismo propuesto por Borges, dado que ubica a su sujeto en la perspectiva y la tradición del hombre criollo, pero condena al espacio de lo antinacional la obra de autores que, como el propio Borges, pretenden situarse en esa tradición.

Replegado sobre un nacionalismo de corte populista y romántico, Scalabrini Ortiz encuentra únicamente en el lenguaje popular un medio de “depuración” de los conceptos y las representaciones que la cultura europea ha utilizado para organizar la visión dominante del mundo. Por tal razón, entiende que el lenguaje es “la primera fisonomía” de los sentimientos depuradores que asaltan al hombre porteño, y que lo llevan a establecer un universo de significaciones difícilmente reductibles a las formas establecidas por las normas socialmente impuestas del lenguaje. De ese modo, el lenguaje popular termina cobrando en su reflexión un sentido emancipador, en la medida en que confronta con las formas discursivas de la cultura dominante. Notoriamente, Scalabrini Ortiz creía que ese lenguaje popular no había logrado aún concitar el afán expresivo de los escritores nativos: sin embargo, ello no significa que ese fenómeno no hubiera comenzado a gestarse, como lo prueba la experiencia literaria de Roberto Arlt.

 

Roberto Arlt o cómo escribir con el idioma de los argentinos

 

En el contexto de los años veinte y treinta, la obra de Roberto Arlt se muestra como una obra altamente significativa, que representa, según una opinión compartida por sus críticos y estudiosos, una tendencia absolutamente modernizante dentro del campo de la literatura argentina del siglo XX. Ese juicio tiene que ver no sólo con los temas y asuntos tratados, referidos a características relevantes de la cultura urbana del Buenos Aires de aquella época, sino además, y de manera esencial, al lenguaje utilizado por el autor, que se construye en gran medida a partir de las formas coloquiales y populares del habla de los habitantes de esa ciudad. En rigor, Arlt construye una lengua literaria que mezcla diversos registros, puesto que en sus textos se reconocen asimismo formas castizas de un español de traducciones, que representa la lengua por la cual pudo acceder a la lectura de múltiples autores europeos.

Más allá de esos matices, el registro dominante en la escritura de Arlt es el que adopta formas características del habla popular de los porteños, lo que implica incorporar determinadas voces de origen extranjero en su léxico. Esa modalidad de su escritura es una constante que atraviesa la totalidad de su obra, que se proyecta no sólo a través de sus textos literarios de tipo narrativo y dramático sino además, y de manera significativa, a través de sus textos periodísticos, publicados en el diario El Mundo en una columna cotidiana denominada Aguafuertes porteñas a lo largo de los últimos catorce años de su vida. En esa columna, Arlt abordaba cuestiones y aspectos característicos de la cultura urbana similares a los que trataba en sus narraciones y obras dramáticas, aunque las formas de su tratamiento, como es obvio, diferían en cada caso.

En tal sentido, las Aguafuertes porteñas constituyen una especie de friso en el que pueden reconocerse múltiples aspectos de la cultura urbana de la época, donde se despliega asimismo un proceso de reflexión constante acerca de la naturaleza y los usos propios de los instrumentos con que trabaja su autor. Desde esa perspectiva, Arlt se revela como un observador atento de la vida real del lenguaje, de las formas y usos concretos que cobra a nivel de los sectores mayoritarios de la sociedad, y por ello adopta posiciones radicales y provocativas respecto de las opiniones y creencias que la cultura oficial y sus exponentes habían impuesto acerca de losusos “correctos”de la lengua. De ese modo, Arlt reivindica en diversas Aguafuertes... “el hermoso idioma popular” con el que escribe, al que califica como “sonoro, flexible, flamante, comprensible para todos”. Y en un gesto que invierte la perspectiva borgeana, reivindica asimismo el habla de la “germanía”, del gitano o el caló que usaron autores como Quevedo y Cervantes, puesto que a diferencia de Borges, considera que esa habla vigoriza y enriquece el lenguaje literario. [5]

Por adoptar semejante posición frente al lenguaje popular, Arlt se define además como alguien que practica una filología “lunfarda”, es decir, una filología de ese habla carcelaria y popular de la que Borges abominaba. [6] Su actividad como “filólogo lunfardo”, por otra parte, no se limita e exhumar el sentido de un conjunto de términos habitualmente ignorados por el saber académico, sino que yendo hacia su origen -en muchos casos itálico- como corresponde a la genuina labor filológica, practica una serie de operaciones de traducción, al establecer las equivalencias españolas de esas voces de raíz foránea que el filólogo dobla para sus lectores. De manera que Arlt traduce, es decir, vincula por encima de las diferencias lingüísticas y culturales, cuando la cultura oficial se empecina en segregar esas formas espúreas del habla popular: de ahí el sentido y el valor político de sus textos.

Por esa vía, la escritura de Roberto Arlt recupera las formas populares del lenguaje del hombre de Buenos Aires, de las que abominaba Borges y de las que Scalabrini Ortiz deploraba que no encontrasen autores que las practicaran. De todos modos, el uso literario que Arlt les da se aleja radicalmente de toda clase de costumbrismo o localismo, puesto que si, al igual que Borges, repudia las posiciones de aquellos que se presentan como los defensores de la pureza del idioma, por otra parte se opone a la prédica de los nacionalistas y tradicionalistas que pretenden rescatar prácticas lingüísticas y culturales ya inexistentes.

En tal sentido, se ha señalado que en el horizonte de Arlt solamente se visualiza el presente en su dimensión de augurio del futuro. Sus escritos son, por lo tanto, los textos de un espíritu moderno, que desconfía y descree de todos aquellos lazos que podrían atarlo al pasado. Pero de un espíritu moderno que se encuentra fuertemente enraizado en la cultura popular de la época, de la que extrae, desprejuiciadamente, la materia verbal con que se labra su provocativa escritura.

 

 

Referências Bibliográficas:

 

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-------------: Aguafuertes porteñas: cultura y política. Buenos Aires, Losada, 1994.

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------------------: El tamaño de mi esperanza. Buenos Aires, Seix Barral, 1993.

------------------: El idioma de los argentinos. Buenos Aires, Seix Barral, 1994.

------------------: Obras completas. Buenos Aires, EMECE, 1974.

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MOLLOY, Silvia: Las letras de Borges. Buenos Aires, Sudamericana, 1979.

PIGLIA Ricardo y otros: Borges y la crítica. Buenos Aires, C.E.D.A.L., 1981.

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REST, Jaime: El laberinto del universo. Buenos Aires, Fausto, 1976.

RIVERA, Jorge: Los siete locos. Buenos Aires, Hachette, 1986.

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ZUBIETA, Ana María: El discurso narrativo arltiano. Buenos Aires, Hachette, 1987.



[1] Esta visión del Martín Fierro ha sido expuesta por Lugones en El Payador, que recoge una serie de conferencias por él dictadas en 1913 en el teatro Odeón de Buenos Aires, ante un público del que participó incluso el Presidente de la República, Roque Sáenz Peña. Cfr.: Leopoldo Lugones: El Payador. Buenos Aires, Editorial Huemul, 1972.

[2] Jorge Luis Borges: “El idioma de los argentinos”, en El idioma de los argentinos. Buenos Aires, Seix Barral - Biblioteca Breve, 1994.

[3] Jorge Luis Borges: “Invectiva contra el arrabalero”, en El tamaño de mi esperanza. Buenos Aires, Seix Barral - Biblioteca Breve, 1993.

[4] Raúl Scalabrini Ortiz: El hombre que está solo y espera. Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1991.

[5] Roberto Arlt: “¿Cómo quieren que les escriba?”, en Aguafuertes porteñas: cultura y política. Buenos Aires, Editorial Losada, 1994.

[6] Roberto Arlt: “El furbo” y “El origen de algunas palabras de nuestro léxico popular”, en Aguafuertes porteñas. Buenos Aires, Editorial Losada, 1990.